Así que allí estaba, sola, en una famosa ciudad universitaria. Lejos de casa. Compartir piso era la única opción que tenía, se lo habían dejado bien clarito: “si quieres estudiar fuera, lo harás, pero ya sabes lo que hay: cuatro perras y a buscarte la vida”.
Aún con la maleta en la mano le dije al taxista que me dejara en la universidad, allí seguro que habría carteles de gente que buscaba con quien compartir piso. Y vaya si había carteles… Una pared entera llena de todo tipo de notas: grandes, pequeñas, con flecos, sin flecos… todas ofreciéndose para compartir piso o buscando a alguien que quisiera compartir (piso). De repente me di cuenta de que no había pensado (lo de pensar no iba mucho conmigo) qué era lo que buscaba, si un piso sólo de chicas o un piso “mixto”. Bueno, en el pueblo tenía fama (inmerecida, por supuesto) de pelandrusca, así que haría justicia a los rumores, ya no tendrían que inventar más sobre mi..
Y sí que el piso era de chicos, sólo de chicos. Cuando me ofrecí para compartir piso casi se pegan entre ellos para darme a escoger la mejor habitación. Ni siquiera les importó que tuviera que pagar menos de lo que ellos tenían pensado. Se ofrecieron encantados a pagar ellos el resto.
Los primeros días transcurrieron más o menos con normalidad. Bueno, yo lo llamo normalidad, pero no era normal , una cohorte de tres tiarrones todo el día intentando ser graciosos, tratándome como una geisha.. eso no pasa todos los días.
Al principio resultaba divertido, pero luego ya no me lo parecía para nada. Además, poco a poco empezaron a comportarse como animales en celo, ya no compartían el territorio, sino que cada uno delimitaba y marcaba el suyo cada vez de forma más brusca. Hubo algún momento en que pensé que mismamente sacarían su polla y se pondrían a esparcir semen u orina a su alrededor para dejar claro a los demás un “hasta aquí”.
Poco a poco la fraternidad divertida del principio fue desmoronándose. Nada de salir de la ducha con la toallita medio cayéndose porque aquello provocaba que inmediatamente cada uno de ellos se encerrara en su habitación… a pelársela.
Mis compañeras de universidad no podían creerse el desasosiego que estaba provocando entre mis compañeros de piso. Y alguna no podía creerse tampoco que no me hubiera cepillado a los tres, juntos o por separado.
Un día uno de mis compañeros de piso, el profesor de inglés, durante el desayuno va y me suelta: “Oye.. estás buenísima… digo… perdona… quería decir…. La verdad es que no sé lo que me digo, déjalo…”
¿Dejarlo? ¿dejar qué? No sé porqué, pero me resultó conmovedor. No pensaba que la situación le resultara tan difícil. La verdad es que era el que peor llevaba la rivalidad entre compañeros por la única fémina del piso. Se había acobardado. Los demás al menos intentaban fanfarronear sobre el tema, desdramatizarlo, aún a costa de ser groseros. Luego se la pelaban en su habitación. Pero el profe de inglés… andaba como esquinado, desquiciado..
No sé, el caso es que sus dubitativas palabras en el desayuno me animaron. Siempre que veía a alguien en la cuerda floja yo tenía que ir a hacer de red, no podía evitarlo. Al fin y al cabo una no es de piedra y ya se me estaba haciendo cuesta arriba ver a tres tíos buenorros en calzoncillos por la casa. Así que decidí que era el momento.

Un sábado que estábamos los dos sólos en casa dejé la puerta del baño deliberadamente entreabierta, mientras me desnudaba lánguidamente y dejaba fluir con deliberada parsimonia (y provocación) el agua por mi desnudez. Y el profe entró, claro que entró…
Fue.. ¿Cómo diría yo? Brutal… sí, brutal. Yo deseaba el sexo tanto o más que él, pero aún así me sorprendió la rabia contenida que había en cada gesto suyo. ¿He dicho gesto?. No, no eran gestos siquiera, eran manotazos, golpes descontrolados. Estaba desatado.. Yo debí poner cara de sorprendida, pero claro…, él no se dio cuenta. Vamos, es que yo creo que ni me vio, ni siquiera pareció darse cuenta del golpe que me dio contra el grifo de la bañera. Casi me desnuca, pero mi “quejío” de dolor debió de interpretarlo como un “quejío” de placer, porque arremetió aún más, si cabe, con más fuerza y ensañamiento.

Una vez que terminó (él), por supuesto que ni se preocupó siquiera de saber siquiera si yo había empezado… Me puse un par de tiritas en el arañazo que me hizo en la frente, mientras me frotaba la nuca, aún dolorida del golpe contra el grifo y me fui a mi habitación a pensar sobre lo ocurrido. En realidad, no había mucho en lo que pensar. Este chico me gustaba, se le veía tan necesitado de sexo… Así que después de fumar el tercer cigarro seguido fui a su habitación.
Estaba durmiendo, claro. Daba igual, ya me encargaría yo de despertarlo. Le daría lo que necesitaba, todo ese sexo contenido cada vez que yo salía de la ducha con la toalla, o me paseaba por el pasillo sólo con la camiseta… Sé que aguantaría. La furia mostrada en la bañera no podía ser casual. Este chico era un atleta sexual. Sin neuronas, pero un atleta sexual. Y yo iba a darle lo que necesitaba. Me monté encima de él y le miré, dispuesta a darle un dulce despertar. Iba a enseñarle lo que era sexo. Del de verdad…

Nota: Esto del sexo es una trampa mortal para la independencia de una mujer. Pero el sexo, oh, no es patrimonio de los hombres.




































